viernes, 28 de junio de 2019

EL ÚLTIMO BARCO, de Domingo Villar





DATOS PRÁCTICOS:

Título: EL ÚLTIMO BARCO
Autor: Domingo Villar
Editorial: Ediciones Siruela
Colección: Nuevos Tiempos 424
ISBN: 978-84- 17624-27-9
Páginas: 712
Presentación: Rústica con solapas




Hace unas semanas, al reseñar la novela de José Luis Gil Soto, Madera de savia azul, os comentaba que el pasado 8 de junio el grupo #SoyYincanera tuvimos un encuentro con el autor, aprovechando su estancia en Madrid, para asistir a la Feria del Libro de Madrid. No fue el único que mantuvimos ese día, pues comenzamos el día desayunando con Ana Lena Rivera, que nos habló de su novela Lo que callan los muertos, comimos con Gil Soto y tomamos el café de la tarde con Domingo Villar, para hablar precisamente de esta novela.


Decir que me hizo una especial ilusión conocer a Domingo Villar sería quedarme corta, porque, para que os hagáis una idea, este blog nació precisamente tras leer su novela anterior, La playa de los ahogados. Y el que el descubrimiento de este autor consiguió que naciese en mi la necesidad de dedicar parte de mi tiempo a explicar el por qué determinadas novelas merecían la pena ser leídas y esta era el mejor ejemplo posible.




Domingo Villar (Vigo, 1971) inauguró con Ojos de agua la exitosa serie protagonizada por el inspector Leo Caldas. El segundo título, La playa de los ahogados, supuso su consagración en el panorama internacional de la novela negra, obteniendo excelentes críticas y ventas. En 2019 se publica El último barco, el esperado regreso del inspector Caldas.

La serie ha sido traducida a más de 15 idiomas y ha cosechado un gran número de premios, entre los que caben destacar el Novelpol en dos ocasiones, el Antón Losada Diéguez, el Premio Sintagma, el Premio Brigada 21, el Frei Martín Sarmiento, Libro del Año de la Federación de Libreros de Galicia. También ha sido finalista de los Crime Thriller Awards y Dagger International en el Reino Unido, del premio Le Point du Polar Européen en Francia y del premio Martin Beck de la Academia Sueca de Novela Negra.




La hija del doctor Andrade vive en una casa pintada de azul, en un lugar donde las playas de olas mansas contrastan con el bullicio de la otra orilla. Allí las mariscadoras rastrillan la arena, los marineros lanzan sus aparejos al agua y quienes van a trabajar a la ciudad esperan en el muelle la llegada del barco que cruza cada media hora la ría de Vigo.

Una mañana de otoño, mientras la costa gallega se recupera de los estragos de un temporal, el inspector Caldas recibe la visita de un hombre alarmado por la ausencia de su hija, que no se presentó a una comida familiar el fin de semana ni acudió el lunes a impartir su clase de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios.

Y aunque nada parezca haber alterado la casa ni la vida de Mónica Andrade, Leo Caldas pronto comprobará que, en la vida como en el mar, la más apacible de las superficies puede ocultar un fondo oscuro de devastadoras corrientes.



Diez años ha tardado Domingo Villar en publicar una nueva novela y, para quienes le seguimos, se nos han hechos más largos que la infancia de Heidi. Sin embargo, ha vuelto con rotundidad: ofreciéndonos la mejor versión de su personaje estrella y con una novela de un golpe, capaz de hacernos zozobrar en un complejo laberinto de incertidumbre con más de un giro argumental. La mejor hasta el momento.

Y eso que, a priori, el suceso que en esta ocasión tienen que resolver Leo Caldas y su equipo –la desaparición de Mónica Andrade- no parece tener grandes alicientes. De hecho, más parece la obsesión de un padre controlador con respecto a su hija y con un único objetivo: abatir la paciencia de todo aquel que se cruza en su camino hasta conseguir sus propósitos,  en vez de un auténtico caso policíaco.


Pero vayamos por partes, que me enredo. Todo comienza cuando Víctor Andrade, un reputado cirujano vigués se presenta en el despacho del comisario Soto y le hace partícipe de sus más íntimos recelos. Sospecha que su hija ha desaparecido, dado que no acudió a una comida familiar días antes ni, posteriormente, a su trabajo. Obviamente, tampoco contesta a sus llamadas al móvil, pues lo tiene desconectado. Y Soto, que se siente en deuda con el doctor desde que siendo su esposa paciente suya le salvó la vida gracias a una intervención quirúrgica, pone a cargo de la investigación, con carácter de urgencia, al inspector Caldas, instándole además a abandonar la de un robo a una entidad bancaria que acababa de producirse. Desde ese momento vemos en el cirujano un abuso de confianza más que patente, que se irá haciendo más opresivo a medida que se vayan sucediendo los días y, precisamente por ello, el señor parece sacado de una pesadilla por mucha razón que lleve.


Solo será el preludio de una búsqueda que se irá tornando cada vez más farragosa, dando paso a posteriores pesquisas en todos los sentidos. En primer lugar, Caldas y Estévez acuden, junto con el doctor, al domicilio de la presunta víctima en Tirán, una pequeña parroquia marinera situada al otro lado de la ría y a la que se llega atravesando el Puente de Rande. Ya en la casa, a la que han tenido acceso sin necesidad de obtener ningún permiso porque Víctor Andrade, aunque no tiene llave de la misma, sabe que su hija siempre deja la puerta abierta. Tras un primer registro comprueban que no se han forzado las puertas y que todo se encuentra en orden. Sin embargo, aunque todo apunta a una especie fuga de la que no ha avisado a nadie, hay detalles que el instinto le dice a Caldas que algo no cuadra. Por ejemplo, Mónica tiene un gato y además de no haberlo dejado al cuidado de nadie, los cuencos del animal, en particular el del agua, ha sido rellenado. Ocurre lo mismo con el frigorífico, que acumula demasiada comida para alguien que ha decidido ausentarse o que sus pastillas anticonceptivas sigan en el armario del baño. Además, está la cita concertada con un empleado para pocos días después para que le arregle parte del vallado de la casa que se dañó a causa del temporal de lluvia y viento que asoló la comarca días antes y que arrancó de raíz un abeto del jardín.

También preguntan a los vecinos y, a través de unas mariscadoras, se enteran de que Mónica suele pasear por la playa casi todas las mañanas siempre y cuando haga buen tiempo en compañía de un inglés que también se ha marchado y, mientras hablan con ellas, reparan en la figura de Andrés el Vaporoso, un peculiar vecino de la parroquia que dos décadas atrás llegó allí para instalarse, según él, porque había conocido a una sirena al abrigo del Corbeiro, la roca más grande la playa y, desde entonces, todos los días acude en su bote de remos al mismo lugar como un peregrino en busca de que se obre el milagro, acompañado de una jaula de jilgueros y un farol. También hablan con Carmen Freita, la vecina más próxima a su domicilio y la que se suele ocupar de la tutela de Dimitri, el gato de Mónica, cuando ella se ausenta. Esta les indica que la última vez que la vio fue el jueves anterior, aunque por otra vecina, Rosalía Castro, se enteró que el viernes salió a primera hora de la mañana en su bicicleta, para tomar en Moaña el vapor de línea con destino a Vigo. Seguidamente se dirigen a la casa de Rosalía Castro, para que les confirme tal confidencia y más tarde, en la cafetería del puerto, la camarera les asegura que su bicicleta se encuentra aparcada contra la barandilla del muelle desde ese día, a primera hora.

Con esa información vuelven a Vigo, ya que el inspector tiene que asistir a la radio, donde colabora en un programa de sucesos desde hace tiempo. No le hace gracia su “segundo” empleo y en más de una ocasión ha mostrado su discrepancia ante su superior, pero él siempre se mantiene en la postura de que esta labor favorece al cuerpo y no le queda otra que rendirse a la evidencia. En ese lapso de tiempo, mientras Caldas marcha a la emisora, Rafael Estévez se entrevista con un marinero del Pirata de Ons, para saber si recuerda si el viernes Mónica cogió la nave como así les informaron.

Llega el momento de acercarse a la Escuela de Artes y Oficios, también llamada Universidad Popular de Vigo, uno de esos lugares que no dudaré en visitar si en alguna ocasión me acerco a Vigo y no solo por el aspecto arquitectónico del edificio, sino por lo que se cuece dentro de él. Y es que todo lo narrado es un fiel reflejo de lo que sucede en sus talleres. Claro que el autor ha tenido ayuda desde dentro. Me explico: dos de los profesores –Ramón Casal, luthier que se jubiló en 2018 y Miguel Vázquez, ceramista de primer nivel que todavía se mantiene en activo- que aparecen en El último barco son personas reales a las que el autor ha retratado fielmente, hasta el punto de utilizar sus nombres auténticos. Y, junto a un grupo de colegas y trabajadores de la institución, le aconsejaron qué obras leer para entender todos los tecnicismos de los diferentes oficios y a base de horas y horas de conversación, darle la mejor instrucción posible.

En la escuela, tanto los profesores como los aprendices evidencian una cierta inseguridad ante la ausencia de Mónica. Y aunque las averiguaciones hasta el momento parecen indicar que Mónica había cogido el viernes el barco a primera hora de la mañana para acudir a su trabajo, allí le confirman que no llegó a asistir ni a la clase ni a las tutorías que debía atender.

Comienza así una búsqueda voraz que va en espiral ante la falta de pistas y, porque las que se tienen, cada vez se van retorciendo más. Para Estévez, el asunto es tan sencillo como que Mónica se ha marchado con el inglés con el que mantiene un romance. Caldas no está tan seguro de ello y la duda se resuelve cuando Walter regresa de un viaje que ha realizado a Inglaterra, donde en compañía de su hija ha estado visitando una reserva de aves. Está claro que la única hebra de la que tirar para resolver la madeja de incertidumbre creada es comprobar cada paso dado por Mónica en la mañana del viernes, empezando por realizar el trámite ante el juzgado para que les permitan el acceso a las cámaras de los establecimientos que rodean la zona que la joven debió seguir. Visionar las imágenes será una ardua labor. También será necesaria una autorización judicial para acceder a los datos de su teléfono, ante lo que la jueza muestra reticencias ya que quiere proteger la intimidad de Mónica.

Por otro lado, Víctor Andrade no deja de empañar la investigación con sus constantes injerencias, hasta el punto de decidir aspectos que no deberían permitirse, pero ante los que cede el comisario, incapaz de distinguir entre el agradecimiento y la obligación. Resulta que se ha hecho eco de las impresiones de una amiga de su hija, que le ha contado algo sobre la amistad que mantenía su hija con Camilo Cruz, un joven con un trastorno neurobiológico, y del temor que en ella generaba. Y le ha faltado tiempo para para dar el visto bueno a una batida que desde la Escuela de Artes y Oficios se está organizando, con el único propósito de poner cerco al chico. Caldas tiene clara la inocencia del chaval, pero el doctor no parará hasta verle detenido y asestarle un gancho de derecha a la investigación. No reparará en gastar todos los cartuchos disponibles para que así sea.

Y, efectivamente, la batida se lleva a efecto. Son muchos los voluntarios que se han prestado a echar una mano y tienen fe en encontrar a Mónica con vida, aun cuando algunos vean el panorama muy oscuro. El contingente es muy numeroso, porque la profesora era muy querida y no dejarán senda por transitar, playa por recorrer, barriendo el contorno de Tirán, de arriba abajo, acorde a las instrucciones recibidas, ante la atenta mirada de Estévez, porque Caldas no soporta verse sometido a tal exposición.

En ese impasse, Caldas sigue en la comisaría, junto a Clara Barcia y Ferro, intentando poner luz a los datos nuevos que van saliendo del teléfono de la víctima y a las imágenes que reflejan las cámaras. Los sospechosos cambian, como las circunstancias, todos son sometidos a examen. Incluso se ponen en contacto con un policía portugués, que les explica la razón por la que conoce a Mónica por un antecedente que puede guardar relación con su desaparición. Y todo se precipita. Y aparece Losada, el de la radio, con un discurso más afilado que nunca, como una pieza más de este tremendo montaje  para hacer todavía más ruido, si eso es posible. Y el caos se hace verbo, la fatalidad se desata y Caldas se bate en retirada. El vértigo le supera, se siente acorralado. No hay análisis certero, es imposible luchar contra los elementos . Solo queda respirar por la herida.


PERSONAJES:
Si hay algo que borda Domingo Villar en sus novelas es el retrato que hace de los personajes. Por un lado, en la comisaría de Vigo tenemos a los mismos personajes que nos han acompañado en las entregas anteriores:

- Leo Caldas: Inspector de policía en Vigo, también es colaborador de un programa de radio de mucha audiencia –Patrulla en las ondas- dos veces por semana, aunque cada día es más consciente de su hastío por diferencias con el conductor del mismo. Sigue siendo reservado y, de un tiempo a esta parte, bien porque todavía sigue echando de menos a Alba y su recuerdo le pesa o porque su sentido de la responsabilidad le está creando problemas de conciencia, es mucho más reflexivo que antes. No ayuda mucho el que esté habiendo un repunte en la delincuencia y sean continuos los asaltos a viviendas, en particular las de los ancianos y esa inseguridad le hace estar preocupado por el bienestar de su padre. Y es que a veces la culpa puede planear con el sigilo de un pájaro que desciende al fondo de un mar de fantasía. Sin embargo, la fidelidad a sus costumbres sigue siendo tan firme como su hábito al tabaco y continua yendo a los mismos restaurantes y cantinas de siempre, incluso a su habitual cuaderno de tapas negras.

- Rafael Estévez: Ayudante de Caldas, procede de Zaragoza, por lo que tiene serios problemas para entender el carácter gallego. De constitución fuerte, tiene tendencia a perder los nervios ante la ambigüedad y más últimamente, que un problema con la espalda le trae por la calle de la amargura. Obstinado e impulsivo, también es un bonachón capaz de echar el resto ante cualquier problema.

- Comisario Soto: Jefe de Caldas, es desconfiado por naturaleza y en esta ocasión, al tener un vínculo con Víctor Andrade, llega a resultar hasta irritante porque desde el inicio de la historia exige una diligencia en la investigación imposible de soportar, con una constancia que clama al cielo.

Además, ayudarán en la investigación Clara Barcia y Ferro (aunque recibirán apoyo de otros policías anónimos destinados especialmente para este caso). La primera es una especialista en cuanto a escudriñar la red y todo lo referente a la tecnología; el segundo, se ocupará del visionado de las cámaras, ambos con pulso de cirujano y nervios de acero.

Después quedaría el entorno de la víctima o algunas personas que guardan relación con la investigación. No mencionaré a todos para no alargarme, porque casi podría decirse que forman un ecosistema único, un escaparate de personajes extraordinarios; sin embargo, me gustaría decir que dos de ellos me han llegado al alma y cada uno por una razón distinta: Se trataría de Camilo Cruz y Napoleón. Uno es un joven, del que os hablaré más adelante y el segundo, un mendigo que sabe latín, en toda la extensión de la palabra:

- Víctor Andrade: Notable y afamado cirujano, de aproximadamente sesenta años de edad. Es el padre de Mónica. Es un hombre alto y delgado, cabello cano aunque prácticamente calvo. Destaca en su rostro su nariz prominente y su piel desvaída. Está casado, aunque su mujer tiene una enfermedad mental que la mantiene confinada en su domicilio. Cargante y rígido a partes iguales.

- Mónica Andrade: Tiene 33 años y es profesora de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios de Vigo. Un espíritu libre al que su padre nunca pudo domeñar. Abandonó el nido familiar para independizarse cuando marchó a estudiar Filología Clásica a la Universidad de Santiago. En la actualidad vive sola en Tirán, al otro lado de la ría y no parece mantener ninguna relación sentimental. Desempeña la función de auxiliar del maestro de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios. Eva Búa es su mejor amiga y, aunque no se ven mucho últimamente, hablan por teléfono todas las semanas.

- Camilo Cruz: Es un joven singular, amigo de Mónica y vecino de Tirán. A pesar de su evidente discapacidad, un trastorno, imagino que del espectro autista, que le provoca una dificultad importante a la hora de relacionarse con la gente, hasta el punto de que cuando se dirigen a él, se queda mudo y empieza a balancearse con un vaivén directamente proporcional al tono que su interlocutor utilice. Durante años le convirtieron en el blanco de cualquier menosprecio, a pesar de no haber hecho daño ni a una mosca. Sin embargo, tiene una destreza inusual, es capaz de dibujar de memoria cualquier escena con un realismo asombroso. Hijo de Rosalía Cruz, mujer que ronda los sesenta años, de cabello negro y piel curtida por el aire libre. Es ella quien observó a Mónica el viernes a primera hora camino del puerto en su bicicleta.

- Walter Cope: Vecino de Tirán y amigo de Mónica, con la que suele dar largos paseos por la playa. Es cordial, locuaz y transparente, por lo que cae bien a todo el mundo. Natural de Inglaterra, se instaló en Vigo para trabajar en la Agencia Europea de Control de la Pesca, claro que en la actualidad está jubilado. Su gran afición es la fotografía y, en particular, la de los pájaros, materia en la que se ha convertido en un erudito y un modelo a seguir para los amantes del seguimiento de las aves que visitan su web, por la documentación que tiene acumulada allí.

- Miguel Vázquez: Maestro responsable del taller de cerámica y jefe de Mónica. Aunque Caldas desconfió desde el principio, en el momento de la desaparición de la joven se encontraba en Lisboa, inaugurando una exposición.

- Ramón Casal: Maestro de luthería antigua en la Escuela de Artes y Oficios y, por lo tanto, un experto en el tratamiento de la madera, que trabaja escrupulosamente, dado que es muy detallista y sosegado. Siempre lleva el pelo revuelto. Llega a convertirse en uno de los sospechosos cuando en el momento de la reconstrucción del último día que pasa Mónica en la escuela, al testificar en su declaración inicial no cuadra con los datos que tienen los investigadores.

Si hay algo que domina como nadie Domingo Villar y de lo que puede presumir, junto con los diálogos, son las descripciones. La reproducción del paisaje gallego es un regalo para el lector. Da igual lo mucho que se explaye, pues es capaz de desvelar cada recoveco del entorno con una solvencia insólita. Dos son los escenarios en los que transcurre la novela, perfectamente diferenciados y antagónicos, aunque a poca distancia uno del otro: por un lado, tenemos la ciudad de Vigo, el marco ideal donde acontecen todas las novelas de esta serie y, por el otro, Tirán, la pequeña localidad a la que Mónica se fue a vivir. Ambos lugares están perfectamente descritos, porque si algo caracteriza la obra de Domingo Villar es que el autor tiene mucho oficio a la hora de ejecutar la puesta en escena. Mientras en el primero, un núcleo urbano que ha ido creciendo a lo largo de los años hasta convertirse en el más poblado de toda Galicia, en ocasiones sin orden ni concierto, Villar aprovecha para hacer una sonora censura a las autoridades que permitieron, allá por las décadas de los sesenta y setenta, que muchos edificios de una arquitectura singular fuesen demolidos para dar paso a otros más funcionales o modernos. En lo concerniente a Tirán, las descripciones son más espectaculares, porque nos detalla un paisaje expuesto al sol y las ventiscas que van modelando, a base de siglos, sus acantilados y nos detalla, a su vez, cómo es la vida de sus gentes, desde esas mariscadoras que rastrillan la arena en busca de almejas, o los barcos que se dedican al mismo fin, rastreando el fondo de la ría en su caso, bajo la atenta vigilancia de las gaviotas.

Imagino que más de alguno, a estas alturas y si no ha leído el libro, se preguntará a qué viene el que algunas palabras de esta reseña estén escritas en “rojo”. Tiene su explicación: es mi particular homenaje a esa manera tan característica que tiene Domingo Villar de comenzar cada capítulo. Si no has leído ninguna novela suya diré que todos comienzan con una palabra polisémica y, como tal, con sus distintas acepciones. Según palabras del propio autor, “unas están tomadas de manera literal del de la Real Academia Española, del diccionario ideológico de Julio Casares o del María Moliner y muchas otras, en cambio, están creadas por mí para un mejor encaje en la historia”. Así que como soy muy osada, al plantearme cómo hacer esta reseña me dije, “¿Y por qué no recoger cada una de ellas y hacer que aparezcan en este post?”. Pues eso.




El último barco es una exquisita novela policíaca, sí, pero también es una novela de homenajes en la que Villar enaltece la labor que hacen los docentes, pero también la de aquellos que se toman su tiempo para hacer las cosas con esmero, quizá porque en un mundo en el que la prisa parece redimirlo todo y es la excusa perfecta para cualquier problema, hacer las cosas despacio debería tener más mérito. En este sentido, también El último barco es un ejemplo de ello, porque hace seis años estuvo a punto de salir al mercado con otro nombre –Cruces de piedra- y, a última hora, el autor retiró el manuscrito y comenzó a escribirla de nuevo porque no le convencía. Del mismo modo, la investigación de un delito por parte de quienes intervienen en su esclarecimiento ha de ser un trabajo minucioso.

Pero, sobre todo o por encima de todo, también es un homenaje a las relaciones paterno-filiales en todas sus acepciones y viceversa, a ese tipo de vínculo entre padres e hijos tan diferentes, a pesar de tener un nexo común, entre unas u otras. Son varias las que encontraremos en esta historia, cada una de distinto pelaje, de las que dejan huella: desde la relación que mantiene Caldas con su padre, cercana y de mutuo cariño y protección; a la de Víctor Andrade y Mónica, tóxica y menoscabada quizá por no haber cumplido las expectativas que el primero había depositado sobre la segunda, pasando por la de Rosalía Cruz y Camilo, la más conmovedora, la que te deja sin aliento, sin lugar a dudas. Todas y cada una de ellas las iremos conociendo poco a poco, a través de los diálogos que se van manteniendo a medida que transcurre la investigación.

Por otro lado y por si no ha quedado claro, decir que el estilo narrativo del autor es formidablemente visual y que te traslada a esos escenarios como si los conocieses de toda la vida. La estructura es sencilla, la misma que en anteriores entregas: capítulos cortos, normalmente de cuatro o cinco páginas que obligan al lector a pasarlas con rapidez, dado lo ágil de su prosa y su dominio del lenguaje.


Por ello, no deja nunca de sorprenderme Domingo Villar y me parece mentira que este gallego, afincado en Madrid desde hace tres décadas, tenga de vez en cuando un “arrebato de morriña” de tal calibre que casi podría considerarse curativa para el género humano, porque cada una de sus novelas, además de en librerías, deberían venderse, sin reserva, en las farmacias e incluso recetarse como enfermedad crónica por la Seguridad Social según nos dan de alta en el sistema. Nos iría mucho mejor a todos. ¡No digo más!



¡Obra maestra!
¡Campanada!

11 comentarios:

  1. Hola Kayena hace tiempo que nl aparezco por tu blog, pero estoy de vacaciones y tengo más tiempo libre y, como soy un enamorado de Domingo Villar al ver tu reseña me he animado a leerla. Desde luego, por lo que dices debe ser una gran novela asi que me pasaré por una libreria a ver si la encuentro. Un beso

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  2. Que gran reseña!!! Has elevado un peldaño más la grandisima novela de este magnífico autor. Un besazo.

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  3. Pero qué reseñón, qué reseñón! Imposible no querer leer esta novela!
    Besotes!!!

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  4. A mi también me llamaron mucho la atención las definiciones de las palabras que encabezaban los capítulos, pero lo más que se me ocurrió fue contarlas, Kayena tu siempre innovando, y la reseña, con el reto añadido de integrarlas, te ha quedado fantástica. Para mi esta ha sido una lectura que esperaba desde hace mucho tiempo y aunque había puesto el listón muy alto no me ha defraudado. Un beso

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  5. Tiene muy buena pinta, me lo llevo apuntado.

    Saludos

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  6. Hola!
    Me ha encantado tu reseña, lo bien que has tratado y detallado el libro y lo maravilloso de ir poniendo las palabras de los capítulos esturreadas por la reseña y en un color para que resalten.
    Besos!

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  7. Madre del amor hermoso si que te has esmerado con la reseña, me has dejado sin palabras, muy buen expuesto y no te has dejado ningún palo por tocar

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  8. Tengo pendiente leer al autor, espero empezar pronto con él, que ya tengo alguno de sus libros esperando turno por casa.

    Besotes

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  9. El libro es una pasada y si alguien lee esto lo mejor que puede hacer es hacerse con un ejemplar, no le va a defraudar. EL modo tan original de comenzar los capítulos me cautivo totalmente y ya con tu reseña me he quedado enamorada. Gran reseña y enorme libro!!!!

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  10. Hola.
    Tengo los dos anteriores libros en casa y no quería leerlos hasta que se publicara la tercera entrega, diez años (ahí es nada), así que ahora ya puedo ponerme a leerlos porque seguro que son lecturas que merecen la pena.
    Un saludo y gracias por la reseña.

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  11. Yo solo puedo decir que me lei las novelas de Villar y me parecieron geniales y ésta la voy a comprar rápido. Gracias por la recomendación. Un abrazo.

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