sábado, 19 de enero de 2019

REINA ROJA, de Juan Gómez-Jurado




DATOS TÉCNICOS:

Título: REINA ROJA
Autor: Juan Gómez-Jurado
Editorial: Ediciones B
Colección: La trama
ISBN: 978-84-666-6442-4
Páginas: 568
Presentación: Tapa dura con sobrecubierta





Juan Gómez-Jurado es de los pocos escritores a los que espero con impaciencia en condiciones normales pero que cuando empiezan a circular las primeras noticias sobre el próximo lanzamiento al mercado de una de sus novelas alcanzo niveles de paroxismo. Por ello, cuando llega el momento en que ya tengo la novela del momento en mis manos, comienzo a leerla con desesperación, como si no hubiese un mañana, porque sus historias son siempre tan vertiginosas que no veo el momento de parar aunque sea para respirar. Y podrán gustarme unas más que otras si las comparo entre ellas, aunque todas, en general, lo hacen tirando a mucho.


Y hoy vengo a hablaros de Reina roja, publicada el pasado 8 de noviembre, que ha colmado todos mis deseos. 





Juan Gómez-Jurado (Madrid, 1977). Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad San Pablo CEU, ha ejercido como periodista en distintas redacciones (Canal Plus, Televisión Española, Cadena Ser o el diario ABC). También es colaborador en distintas revistas, radio y televisión.

Como escritor, ha publicado tanto literatura infantil o juvenil (Otras voces, en Alfaguara) como no ficción (La masacre de Virginia Tech, Anatomía de una mente torturada) pero por lo que sin duda es más conocido y con lo que ha recibido numerosos premios ha sido por las siguientes novelas, publicadas en más de cuarenta países:

- Espía de Dios (Roca Editorial, 2006)
- Contrato con Dios (Plaza & Janés, 2007)
- El emblema del traidor (Plaza & Janés, 2008)
- La leyenda del ladrón (Planeta, 2012)
- El paciente (Planeta, 2014)
- Cicatriz (Ediciones B, 2016)
- Reina roja (Ediciones B, 2018)




Antonia Scott es una mujer muy especial. Tiene un don que es al mismo tiempo una maldición: una extraordinaria inteligencia. Gracias a ella ha salvado decenas de vidas, pero también lo ha perdido todo. Hoy se parapeta contra el mundo en su piso casi vacío de Lavapiés, del que no piensa volver a salir. Ya no queda nada ahí fuera que le interese lo más mínimo.

El inspector Jon Gutiérrez está acusado de corrupción, suspendido de empleo y sueldo. Es un buen policía metido en un asunto muy feo, y ya no tiene mucho que perder. Por eso acepta la propuesta de un misterioso desconocido: ir a buscar a Antonia y sacarla de su encierro, conseguir que vuelva a hacer lo que fuera que hiciera antes, y el desconocido le ayudará a limpiar su nombre. Un encargo extraño aunque aparentemente fácil.

Pero Jon se dará cuenta en seguida de que con Antonia nada es fácil.






Hay veces en que un autor sorprende por uno o mil motivos, -más allá de lo que te pueda hacer disfrutar con la historia que te ofrece- y estos no son otros que las perlas que va diseminando a lo largo de su novela. Por ello, acostumbro a fijarme en las dedicatorias, en los agradecimientos o en algunas citas de lo más oportunas que suelen acompañar, bien al inicio de la misma o, como en el caso de Reina roja, al principio de cada una de las partes en que se divide el libro.


Y digo esto porque mi primera sorpresa llegó con la primera de ellas. Pensé que al citar un extracto de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, el autor nos estaba dando una pista sobre el significado del título. Y es que laReina Roja (no confundir con la de Corazones), es uno de los personajes más interesantes de la singular partida de ajedrez en la que tendrá que participar la protagonista en A través del espejo y lo que Alicia encontró allí, continuación de la novela anterior. Eso sí, enseguida nos damos cuenta que los tiros van por otro lado, aunque pensando, pensando... hay un momento en que en la trama de la novela, también se escenifica una partida de ajedrez con sacrificios de álfiles y donde cada casilla representa el valor de cada vida, que se puede ir duplicando a medida que se avanza en el tablero.

Y si me impactó la cita de la primera parte, ¿qué decir de la segunda cuando se homenajea a Joaquín Sabina y Pancho Varona?, porque, ¿cómo huir cuando no quedan islas para naufragar? Pues algo de ello encontraremos. 

Así que si poco os he dicho de la primera parte y casi nada de la segunda, de la tercera solo mencionaré que la cita es sublime. Sin más.


Llevaba medias negras, bufanda a cuadros, minifalda azul…

En la comisaría de la Policía Nacional de la calle Gondóniz, de Bilbao, no dan crédito a lo que Jon Gutierrez ha hecho. Después de veinte años en el cuerpo y a sus cuarenta y tres, acaban de nominarle a idiota del año. O algo así. Y todo porque se le ha ocurrido meterle trescientos setenta y cinco gramos de heroína a un chulo en el maletero de su coche con la sana intención de mandarle al talego sin parar ni en los semáforos. Tenía prisa en inspector. ¿La razón? Cuestión de empatía, aunque no con él. Resulta que cuando conoció a Desiree Gómez, alias la Desi –no sé si en un paso de cebra, toreando a un autobús- y conoció su triste realidad, no supo medir sus impulsos, así que harto de ver las secuelas de las palizas que el otro le propinaba, se le ocurrió la brillante idea. Y todo hubiese salido de lujo de no haber sido porque se le fue la boca y se lo contó a la chica. Y la chica al proxeneta en un ataque de lealtad. Y le pusieron una trampa en la que cayó como el pobre diablo que en el fondo es. Así que le grabaron mientras lo hacía y vendieron el vídeo a una cadena de televisión, para hacerse viral en un par de horas con el hashtag #DictaduraPolicial.

Y ahora se encuentra suspendido de empleo y sueldo y con unos cargos en su haber que son como para encomendarse a San Mamés o para apalancarse junto a los devotos de la Romería del Santo Reproche: que si unos delitos de falsedad documental por aquí, que si una alteración de pruebas por allá… vamos, lo que viene siendo una obstrucción a la justicia en toda regla que se resume en una deslealtad profesional de manual. Es decir, que sumando a la baja los delitos, la broma se podría convertir en una pena de entre cuatro a seis años si el fiscal tiene un buen día o diez en caso de que lo tenga malo porque haya perdido el Athletic de Bilbao.

Claro que todo eso se podría condonar si acepta un trato que le proponen desde otro negociado…




Por las paredes grises se desparrama el zumo de una fruta de sangre crecida en el asfalto…

Trato que, en principio, parece sencillo, pues simplemente se tiene que encajar en Madrid, -concretamente en el Barrio de Lavapiés, ese al que algunos se empeñan en considerar el más cool de Europa y no es más que un desolado paisaje de antenas y de cables que desdibujan el horizonte-, ya que allí es donde habitan el olvido y Antonia Scott -en el número siete de la calle Melancolía, para más señas- y, una vez en su casa, solo la tiene que convencer para que se suba a un coche y acudan a una dirección establecida de antemano. Pero llueve sobre mojado y Antonia, que ya está de vuelta de todo, se conoce todas las artimañas de Mentor y no necesita de presentaciones, se niega a aceptar la propuesta que el vasco la ofrece y a él no le queda otra opción que recurrir a ese manido portazo que siempre suena como un signo de interrogación.

Sin embargo, mientras Jon baja a pie los siete pisos del edificio, se obra el milagro. Antes de que él llegue al portal,  Antonia, que estaba hablando con su abuela cuando él irrumpió en la vivienda, retoma la conversación que dejó pendiente mientras duró la visita. Al irse el vasco, la anciana la convence para que vuelva a ponerse la chupa de cota de mallas contra la desdicha, aunque sea por una noche, y se dé una oportunidad.

¿Y qué oportunidad? Os estaréis preguntando. Pues una tan sencilla como volver al trabajo por el que, tiempo atrás, luchó tanto.


Y en tan solo unas pocas páginas nos veremos inmersos en una aventura de rompe y rasga, de las que dejan huella, de esas con las que te topas cada mucho tiempo y que siempre agradeces porque te mantienen en vilo mientras plantea temas tan interesantes como la naturaleza del mal; o hasta dónde llegarían unos padres por salvar a sus hijos, o si hay vidas más valiosas que otras o disyuntivas más fuertes que todo lo anterior y que te sorprenderán.




Puede que a lo largo de la reseña haya quedado claro por qué me ha gustado tanto. O puede que no.

Puede que no haya sido capaz de explicar la fuerza que tienen sus protagonistas. O puede que sí.

Puede que me haya explayado en lo referente a la trama. O puede que no.

Puede que no haya incidido lo suficiente al hablar del estilo de Juan Gómez-Jurado. O puede que sí.

Puede que me haya quedado escasa a la hora de hablar sobre el ritmo de la novela. O puede que no.


Puede que apenas haya hablado del desenlace de la novela. O puede que sí.


Así que, como decía el flaco, vamos resumiendo:

- Me ha gustado mucho, o más bien, muchísimo, porque me ha tenido en vilo durante sus más de quinientas páginas. Porque me he divertido, cuando tocaba. Porque me he mordido las uñas hasta su mínima expresión desde la primera página. Porque aunque soy un extraño caso de dormilona insomne, me quitó el sueño. Porque siendo inapetente (aunque no lo parezca), me quitó el apetito. Porque me duró entre las manos dos días a lo sumo, dado que la empecé una tarde y la terminé la noche del día siguiente. Porque, desde entonces, sigo pensando en ella, recordando escenas, sorprendiéndome con sus giros. Acordándome del autor a diario y, a veces, para mal por cómo me lo ha hecho pasar y porque no sé si soportaré el tiempo que falta hasta vivir una nueva aventura con Antonia y Jon. ¿Resistiré? No lo tengo claro.


- Porque sus protagonistas tienen una fuerza brutal y un carisma arrollador. Son la noche y el día, un kōan imposible, la paradoja en estado puro. Personajes que se nos van desnudando a medida que transcurre la trama y que, mientras eso ocurre, son más cercanos por la humanidad que destilan, sin obviar que tienen sus luces y sus sombras por las heridas que acumulan, por las que todavía sangran. He de admitir que me fascinaron desde el primer momento. Un amor a primera vista que me hizo replantearme si pedir cita al oculista, porque Antonia, en particular, no lo ponía fácil. Pero sentí un pálpito en los primeros párrafos de la novela y solo me quedó rendirme  a sus pies. No me arrepiento. Con Jon todo era más fácil, porque es noble, porque tiene un sentido del humor digno de admirar. 

- La trama es eso: LA TRAMA. Una historia formidable difícil de olvidar y que invita a posteriores lecturas aunque solo sea por darnos el gustazo de volver a disfrutar de ella aun conociendo el desenlace, ya que en todo momento somos conscientes de esa magia que lo impregna todo. De hecho, para hacer esta reseña he vuelto a releer capítulos enteros y son tantos los guiños y símbolos encontrados que he vuelto a deleitarme con ella casi más que la primera vez, en la que no reparaba tanto en ellos por el ansia de seguir leyendo, de saber más y más. Y es que Reina roja es un thriller impactante, perfectamente articulado y de alta tensión donde el mal es por momentos tan identificable como etéreo. Puro delirio.

- El estilo de la novela es ágil, fluido, pero sobre todo ameno. Las descripciones son enteramente cinematográficas, pues parecen cimentadas desde una óptica fotográfica. En mi caso, al transcurrir la historia en Madrid, no me ha costado nada ubicar cada localización; de hecho, me daba la impresión de estar viendo una película, aunque imagino que el lector que no conozca tan a fondo la ciudad, puede tener la misma sensación. Los diálogos son dinámicos y expectantes y el lenguaje corriente, excepto cuando nos muestra su particular colección de Palabras Imposibles dignas de enmarcar. En resumen, una novela brillante planificada minuciosamente.

- Y del ritmo… ¿qué contaros sobre el ritmo de Reina roja? Hablar de vértigo, sería quedarme corta, porque es una locura de novela.

- Termino pidiendo perdón si al escribir este despropósito de reseña me he excedido con las citas a Sabina, pero quizás me entendáis cuando leáis la novela y, sobre todo, se lo pido al autor si en algún momento me lee, pero es que hasta en eso ha dado con mi talón de Aquiles. No obstante, no me olvido del desenlace, porque,  como no podría ser de otra manera, solo puedo decir que es soberbio. Todo queda cerrado y aun así quieres más. ¿Por qué? Porque sabes que quedan unas cuantas páginas por leer y ya te estás preparando para un epílogo sublime, porque, o has consultado el índice, o te lo dice el instinto lector. De esos que te hacen llorar no porque a última hora a Gómez-Jurado se le haya ocurrido terminar con un final feliz que apela a cualquier clase de sentimentalismo como ocurre en muchos de ellos. No. Te hace llorar porque remata con un cliffhanger que, más que un gancho al uso, es un mazazo de proporciones bíblicas. Es entrar en bucle por la puerta grande y no salir de allí ni queriendo, porque te retrotrae a otro momento ya vivido y malamente superado. En definitiva, Un déjà vu de antología. Eso sí, para irlo llevando, al final, en la Nota del autor, nos confirma que Antonia y Jon volverán y entonces le perdonas que sea tan grande, que te lleve del infierno al cielo con escala en el Cabo de Poca Esperanza en cuestión de minutos.



lunes, 7 de enero de 2019

EL TALLER DE LIBROS PROHIBIDOS





DATOS TÉCNICOS:

Título: EL TALLER DE LIBROS PROHIBIDOS
Autora: Olalla García
Editorial: Ediciones B
ISBN: 978-84-666-6433-3
Páginas: 576
Presentación: Tapa dura con sobrecubierta







El pasado 18 de octubre salió a la venta El taller de libros prohibidos, pero no sería hasta más tarde cuando tuve conocimiento de su publicación. Y tengo que admitir, además, que cuando Eva, la administradora del blog La historia en mis libros me habló de él con la vehemencia que lo hizo porque para ella, especialista en novela histórica, le parecía un título fundamental y una oportunidad única para disfrutar de su lectura, me sentí algo desconcertada, porque el libro me sonaba a antiguo. Eso sí, enseguida me di cuenta que el título era prácticamente el mismo que otro que había leído hace años y que me impresionó en su día: El taller de los libros prohibidos, de Eduardo Roca. Ya veis, cuestión de un artículo.

El caso es que, aun así, eso no tiene justificación con el hecho de que últimamente presto poca atención a la novela histórica. Y me da mucho coraje, pero no me da la vida para tanto como quiero abordar y, cuando me encuentro con historias como las que en este libro se narran, me doy cuenta de que quizás, aunque fuese solo un poco, debería prestar más atención a este género, que siempre me ha fascinado, pero que tengo más abandonado de lo que me gustaría.




Olalla García (Madrid, 1973). Licenciada en historia por la Universidad de Alcalá de Henares, cursó estudios de posgrado en Bolonia y París, especializándose en historia antigua de Persia. Compagina su actividad de escritora con la docencia y la traducción literaria.


Hasta la fecha, ha publicado seis novelas:

- Ardashir, rey de Persia (2005).
- Las puertas de seda (2007).
- El jardín de Hipatía (2009).
- Rito de paso (2014).
- En tierra de Nadie (2016).
- El taller de libros prohibidos (2018).






Alcalá de Henares, 1572. La joven librera Inés Ramírez acaba de quedar viuda y ha de ponerse al frente del negocio familiar. Pronto descubre que su esposo poseía la clave de acceso al único ejemplar de un libro prohibido, cuya desaparición había sido ordenada por el poder político y la Iglesia siglos atrás.

Con la colaboración de Pierre Arbús, un oficial de imprenta francés, inicia la investigación. Tendrá que tratar con personajes de todo tipo: maestros impresores, eruditos, delincuentes, nobles de alta cuna. Y todo bajo la sombra omnipresente de la Inquisición, que vela por controlar el pensamiento y la palabra, y la estricta censura de Felipe II.



“Historia y Novela son conceptos antitéticos, pues mientras que la Novela es una ficción, la Historia es la exposición imparcial y objetiva de una verdad. O al menos eso deberían ser una cosa y otra. Partiendo de esa realidad, ¿no estamos ante una paradoja?; ¿cómo es posible la existencia de eso que llamamos novela histórica?” (A. Gómez Rufo).

Comienzo esta reseña citando a Antonio Gómez Rufo, pero sin ánimo de polemizar acerca de géneros y etiquetas, sino todo lo contrario. Es cierto que siempre me he mostrado reacia a clasificar cada novela que leo, porque cada lector tiene una opinión al respecto y lo que para uno es blanco, para otro puede ser negro, por no entrar a cuestionar el amplio abanico de grises. Y todo ello aderezado, para más inri, con que hoy en día lo más habitual es encontrarse con obras en las que se combinan a la perfección distintos géneros.

Pero no, mi intención es otra. Esta cita me ha estado rondando en la cabeza como lo hace un lobo con la luz de la luna, mientras leía la novela. Y no es la primera vez que me pasa cuando leo un libro que destila tanta verosimilitud, tanta certidumbre, tanta autenticidad. Ahí radica la grandeza de El taller de libros prohibidos. Porque, verdad objetiva en la intrahistoria, si nos ponemos estupendos, pues seguramente no la haya, pero todo lo anterior, desde luego que sí. Sin embargo, los datos están para documentarse. ¿Y cómo ha conseguido Olalla García transmitir eso con una historia que, además, es fascinante? Muy sencillo: apoyándose en tres pilares fundamentales:

- El primero, sería el marco histórico. Ante todo, tiene que ser lo suficientemente atractivo como para seducir al lector. Si además no está muy trillado, mejor que mejor. Y Alcalá de Henares, en pleno siglo XVI durante el reinado de Felipe II, es un buen ejemplo de ello. La ciudad se encontraba en su mejor momento a nivel económico, social y cultural. Olalla García inicia la trama de esta novela en 1572, seis décadas después de que el Cardenal Cisneros fundase la Universidad Complutense, el primer campus universitario del mundo. Este hecho, que no es baladí, trajo aparejada la proliferación de imprentas, talleres de encuadernación, librerías y todo un gremio de trabajadores que giraba en torno a este mundillo. 

Es en ese entorno en el que conocemos a Inés Ramírez, la protagonista de este relato. Acaba de quedarse viuda hace unos pocos meses y se ve abocada a ponerse al frente del taller de encuadernación y la librería que hasta su muerte dirigía su esposo. Ni siquiera puede esperar a que se cumpla el luto reglamentario según las costumbres de la época cuando, casi por casualidad, descubre un arcón escondido en un lugar secreto y cuyo contenido la deja perpleja, pues esconde en su interior una carta que le permitirá, echándole ingenio, conocer el paradero de un libro prohibido desde hace siglos y la evidencia de que la economía familiar se nutría de algo más que del trabajo que se llevaba en el taller de manera  legal.

Contará con la ayuda de Albertillo, el aprendiz del taller y de Pierre Arbús, un oficial de imprenta que trabaja en el de su cuñado. Esto les posibilitará, a su vez, codearse con personajes de todo tipo: desde nobles de alta alcurnia como delincuentes de medio pelo, pasando por el gremio al que pertenece desde la cuna.

Pero no eran buenos tiempos para lírica, porque del mismo modo que la luna tiene una cara oculta, en aquellos tiempos había un problema que, a más de uno, no es que le amargase la vida, sino que se la llevaba por delante. Sí, la Inquisición estaba al acecho y, a nada que podía, causaba estragos. Porque esta institución, controlada por la monarquía y concebida como un tribunal de la Iglesia Católica, tenía la potestad de juzgar la ortodoxia religiosa y luchar contra la herejía. Y en lo que respecta a los libros, encontraron un filón. A fin de cuentas, eran la rendija por la que se filtraban las ideas… o la que servía para que llegaran a muchos. Con el florecimiento de la imprenta, los libros cada vez eran más asequibles para más gente, no solo para unos pocos escogidos y, para rizar el rizo, la reforma protestante estaba en pleno apogeo.

De hecho, la novela comienza con tres extractos de la Pragmática de Felipe II del 7 de septiembre de 1558 y, en el primero de ellos, ya se alude a los Reyes Católicos, que fueron los primeros en ordenar la supervisión de los libros, estableciendo que eran los reyes quienes tenían el derecho de conceder las licencias de impresión. Más tarde, durante el reinado de Carlos V, se empezaron a publicar los primeros Edictos e Índices prohibitorios y expurgatorios. Se redactó por aquel entonces un catálogo de libros prohibidos y condenados por la Inquisición.

- En segundo lugar, en El taller de libros prohibidos nos encontramos con unos personajes perfectamente caracterizados, con una personalidad firme y contundente en particular en el caso de los protagonistas, pero que se puede extender al resto de secundarios.

Porque si hay algo que destaca en esta novela es la cantidad de personajes que aparecen. Personajes ficticios sobre los que se articula una trama exquisita y que, curiosamente, son los menos, ya que son los personajes reales quienes llevan todo el peso de la historia. El cómo cohabitan es todo un alarde de buen gusto y de mucho oficio. Y son precisamente estos últimos, los personajes reales, a quienes la autora parece rendir un merecido homenaje. Y el lector no se puede sentir de otro modo que agradecido por dárnoslos a conocer.

Y no voy a negar que he disfrutado lo que no está en los escritos adentrándome en sus vidas, asistiendo a esas pildoritas de historia con las que Olalla García nos va introduciendo en un período tan fascinante como incierto, en el que unos hombres -y mujeres- realizaban una labor encomiable, moviéndose continuamente en el alambre porque el Santo Oficio (telita marinera el eufemismo) y las leyes de la época no es que les pusieran palos en las ruedas, sino que ante el menor parpadeo, se jugaban la vida la mayor parte de las veces en un sinsentido digno de estudio.

Estos personajes a los que me refiero son los que trabajaban bien como operarios, bien como patronos, en los talleres de imprenta y a los que la fortuna situó en el peor de los escenarios en una época imposible para según qué oficios. A muchos de ellos los conoceremos por referencia, porque han formado parte de la vida de algunos personajes que sí tienen relevancia en la trama. De hecho, tenemos el caso de Pierre Arbús, que comenzó su carrera como aprendiz en el taller de Pierre Régnier, un maestro tipógrafo afincado en Barcelona y originario de Normandía. Casado con Isabelle, ambos fueron encarcelados y juzgados por la Inquisición, bajo sospecha de «luteranismo». Él acabó siendo condenado a seis años a galeras y ella a morir en la hoguera. No obstante, los recelos sobre ellos venían de antaño, motivo por el cual, Samsó Arbús, el hermano de Pierre, le alertó sobre ello para que se cambiara de taller. Y lo hizo, yéndose a trabajar como oficial para el rival de su mentor, Claudí Bornat, por lo que este nunca se lo perdonó. De ahí que cuando Pierre quiso alertarle del peligro que se cernía sobre él, ni le escuchó. Su esposa sí que lo hizo, aunque cayó en saco roto, porque ella pensaba que sus requerimientos iban en otro sentido y se comportó como una desagradecida. O puede que peor, porque le juró venganza y vaya si la hubo… hasta el punto de que toda su vida se vió hipotecada, de pronto, por una confesión por escrito y que puso a disposición de un tercero. En ella, le acusaba de un delito sobre el que la Inquisición no tendría reparos en juzgarle y condenarle, como ocurrió con sus amigos Adriaan de Alkmaart y Étienne Carrier, a los que conoció en el taller de Régnier, formando un trío invulnerable, ya que se profesaban una amistad franca e inquebrantable. Los dos fueron procesados y condenados, acusados de herejía aunque, en el caso de Étienne, también por bigamia. En diciembre de 1572 llega a la imprenta de Juan Gracián, dispuesto a trabajar como oficial tirador y poder librarse de la espada de Damocles que pende sobre su cabeza, haciendo todo aquello que esté en su mano para conseguirlo.

Y no serán los únicos personajes reales cuya historia nos fascinará, porque en Alcalá de Henares, donde transcurre la acción, nos toparemos con otros tantos que harán nuestras delicias. Desde libreros de reconocido prestigio, como Benito Boyer, uno de los libreros más notables del siglo XVI, que aunque residente en Medina del Campo, surtía de existencias a los libreros alcalaínos, ya que llegó a tener uno de los almacenes más colosales de la época o Blas de Robles, que llegó a convertirse en el Librero del Rey, título honorífico creado a propósito para él aunque luego lo heredaría su hijo, pasando por nobles de alta cuna, por eclesiásticos o delincuentes de todas las raleas. 

- En tercer lugar, el lenguaje utilizado, ya que gracias a él la autora es capaz de recrear aquel momento histórico y rescatar su esencia. Es verdad que a lo largo del relato me he encontrado con alguna palabra de la que no conocía el significado, pero estaba tan bien contextualizado que no he tenido necesidad de recurrir al diccionario (que, en las más de las veces hubiese sido en vano porque algunos de los vocablos utilizados ya están en desuso), ni al glosario que hay al final del libro, aunque no voy a negar que al finalizar sí que le eché un vistazo por curiosidad, sobre todo por los tecnicismos que hay del mundo de la imprenta. De igual manera, me sorprendió la facilidad con la que era capaz de crear una atmósfera única mediante la cual conseguía acercarme con facilidad a las costumbres de la época. Otra cosa es que las compartiese, pero también es cierto que en ocasiones me hacía reflexionar con determinados aspectos.


En este apartado, también me gustaría hacer una breve mención sobre la estructura de la novela, que está dividida en un Preámbulo, donde aparecen tres extractos de la Pragmática de Felipe II del 7 de septiembre de 1558. Cada uno de ellos hará referencia a cada una de las partes en las que se divide la historia:

Primera parte. Negocios importantes


Segunda parte. Una doctrina escandalosa.


Tercera parte. Muy graves daños.


Al finalizar el libro, nos encontraremos con la Dramatis personae y un Glosario.




Creo que, dentro de la narrativa, el género más complicado a la hora de escribir es el de la novela histórica. No es fácil y no solo por todo lo que puede representar la labor de documentación, sino por el hecho de hacer ameno al lector el relato y conseguir que se involucre en una época normalmente muy alejada de su realidad. Y os puedo asegurar que Olalla García lo consigue con creces. Esa labor de documentación (quizás la parte menos valorada por el lector) es palpable en cada página, pero para bien. No se hace aburrida, sino más bien todo lo contrario, sientes ganas de indagar más en el universo en que se desarrolla la acción, tanto en el marco histórico como en las vidas de esos personajes reales que tanto color ofrecen en un mundo tan sombrío. A medida que interactúan entre ellos, somos conscientes de cómo funcionaban entonces las relaciones sociales y comparar se hace inevitable por el machismo que imperaba entonces, porque el papel que dejaban a la mujer era el de simple adorno cuando se trataba de aquellas que tenían un status determinado o como mulas de carga si pertenecían a un estrato inferior. Además, ayudaba poco la injerencia de la Iglesia, que manipulaba a la sociedad hasta límites insospechados. Con un despotismo brutal.

Por todo ello y por lo que me dejo en el tintero, solo puedo decir que El taller de libros prohibidos es una novela redonda en todos los sentidos: la universalidad de los personajes es más que patente, la labor de documentación es exquisita y, lo más importante, la intriga está asegurada desde el primer momento, lo que unido a un desenlace divino, solo me queda recomendarla como una de las mejores novelas de este género que puedas leer en mucho tiempo.