jueves, 8 de noviembre de 2018

TALIÓN, de Santiago Díaz



DATOS TÉCNICOS:

Título: TALIÓN
Autor: Santiago Díaz
Editorial: Planeta
Colección: Autores Españoles e Iberoamericanos
ISBN: 978-84-08-18607-6
Páginas: 448
Presentación: Tapa dura con sobrecubierta






El 24 de mayo salió a la venta Talión, la primera novela de Santiago Díaz y, pocos días después, le conocí en la Feria del Libro de Madrid. Lo primero que me chocó es que siendo nuevo en estas lides, consiguió que muchos lectores se acercaran a la caseta en la que estaba a comprar su libro, algo raro en esta feria tan particular donde lo normal es que muchos escritores de reconocido prestigio no vendan una escoba -o un libro, como es el caso- y que algunos intrusos -perdonarme el eufemismo- consigan que una multitud aguante la fila de rigor bajo un sol de justicia y así conseguir una firma que, posiblemente, sea lo único que escriban en su vida.

Y que conste que no tengo nada en contra de la Feria del Libro de Madrid, a la que he estado acudiendo año sí, año también, desde que no levantaba un palmo del suelo, porque me encanta, porque no entendería a esta ciudad, la mía, sin semejante evento. Pero este tipo de cosas no dejan de sorprenderme y forman parte de su "encanto", aunque a veces parezca un parque temático al que no le falta de nada, incluíd@s l@s típic@s list@s vestid@s de lunares que se cuelan en las casetas a hacerse la foto como si tuviesen patente de corso, mientras los demás esperan su turno. Cosas de la feria, quien la conoce, lo sabe.

Pero a lo que iba, esta anécdota, como decía al principio, me llamó la atención y me hizo tomar conciencia de que quizás, hoy en día, el boca-oreja sigue funcionando en el mundo de la literatura y que tras la brillante presentación de la novela, que tuvo como maestra de ceremonias y ferviente valedora a Sonsoles Ónega, nadie se podría resistir a vivir semejante historia.

Aún así, he tardado unos meses en leerla y eso sí, una vez leído el prólogo, no pude soltarla. ¿Queréis saber los motivos?.





Santiago Díaz Cortés (Madrid, 1971) nació escritor, solo que se ha pasado media vida disimulándolo. Por eso, durante un lustro estuvo trabajando en el Departamento de Ficción de Antena 3 Televisión desempeñando el puesto de Delegado de Contenidos para series como "Compañeros", "Un paso adelante", "Aquí no hay quien viva" o "Código Fuego", para luego ocuparse a tiempo completo en la escritura de guiones. Y así, durante más de dos décadas, ha trabajado para diferentes productoras y en un nutrido número de series famosas como "Hermanas", "El pasado es mañana", "Yo soy Bea", "El don de Alba" o "El secreto de Puente Viejo", de la que ha escrito casi 2.000 capítulos, si no los ha superado.

Talión es su primera novela y, como mantenga el nivel en las sucesivas entregas, que Dios nos coja confesados.




 
Marta Aguilera, una periodista comprometida con su oficio, recibe una noticia que cambiará su destino: un tumor amenaza su salud y apenas le quedan dos meses de vida. Sin nada que perder ni nadie a quien rendir cuentas, Marta siente que la realidad es un lugar amenazante y decide ocupar el tiempo que le queda impartiendo JUSTICIA.

En una carrera contrarreloj por su propia vida y contra la inquebrantable inspectora Daniela Gutiérrez, Marta Aguilera tratará de aplicar su particular ley del talión.




A lo largo de la vida y a medida que vamos creciendo, hay leyes que a los profanos en la materia nos van sonando más y más porque las vamos acumulando, bien en nuestras retinas, a base de leer la prensa, o bien en nuestro cerebro, porque la mente es caprichosa, como una niña malcriada. Aunque también las vamos olvidando, precisamente porque la cabeza no es un pozo sin fondo donde pueda caer todo, sino más bien selectiva. Sin embargo, si bien es cierto que la religión en nuestra cultura ha hecho mucho daño, me extraña que haya alguien que, llegado a la edad adulta, no conozca la  Ley del Talión. Puede que no sepa su origen, que sea incapaz de decir exactamente cada una de las frases que la componen, pero todo el mundo sabe, exactamente, qué significa. Es el principio por antonomasia de la venganza y a todos, en mayor o menor medida, nos hubiese gustado echar mano de ella en algún momento. Y por favor, que no se me ponga nadie estupendo apelando a cualquier principio moral universal e inquebrantable, porque ya escucho todos los días, en cualquier informativo o tertulia política a unos cuantos políticos trasnochados o a cualquier imitador por el estilo, contándome milongas.

Por eso, encontrarte como lector con un personaje como Marta Aguilera en las primeras páginas de este libro es canelita en rama, algo solo superable a sí misma cuando sigues leyendo, porque a medida que avanzas en la trama, se nos va redescubriendo, evolucionando, reinventando, y cuando terminas la novela, sabes que la vas a echar de menos por lo mucho que te ha hecho sentir, reflexionar y especular. Porque seguir la estela de la protagonista de esta novela es como caminar por el lado salvaje de la vida, que diría Lou Reed. Y no es eso lo malo, sino que Marta no está sola, porque los personajes que la rodean, como tal, son alucinantes, a la altura de ella.

Pero vayamos por partes, que no me quiero precipitar.
 

Antes que nada, considero imprescindible hablar de la estructura de esta novela, porque, de todas las posibles, entiendo que ha sido la más adecuada a lo que nos vamos a encontrar después. Y la más sencilla: consta de un prólogo, cuatro capítulos y un epílogo. Aparte estaría lo de siempre: una dedicatoria, la cita mencionada al principio de estas impresiones o los agradecimientos... vamos, lo normal en estos casos.

En el prólogo, utilizando la técnica narrativa denominada in extrema res, el autor nos sitúa casi al final de la historia, cuando está próxima a su desenlace. De ese modo, nos encontramos con la protagonista un día antes de que todo termine. O ni siquiera eso, porque la acción nos situa en la noche anterior, con Marta Aguilera viajando desde Hernani a Zarautz, camino de San Sebastián.

Y al prólogo le siguen cuatro capítulos, titulados cada uno de ellos con los nombres de dos de los personajes que los van a protagonizar: víctima y verdugo de cada una de las historias principales (Jonás y Lucía; Cornel y Nicoleta; Genaro y Eric, Amaya y Daniela).
 

Los conoceremos hasta la saciedad. Y quizás, por ello, la sensación final que percibas no será la más gratificante que recibas en mucho tiempo. Y no precisamente por culpa del autor, sino todo lo contrario: por el rigor, el esmero y la minuciosidad con que ha abordado la construcción de cada uno de los personajes. Porque conocerlos es odiar a una de las partes y sentir una conmiseración infinita por la otra. Y aborreces a los primeros porque por mucho que quieras apoyarte en que estás leyendo ficción, son tan reales como esos nombres o esas vidas que continuamente vemos que aparecen en las páginas de sucesos de muchos diarios. Precisamente, las que te hablan de los bajos instintos y las peores pasiones. Después, como diría Rick, siempre nos quedará el epílogo, como una herida lacerante que nunca deja de sangrar, porque no siempre los finales son felices, pero la mayoría -como en este caso- son los mejores porque Santiago Díaz ha seguido tocando su canción a lo largo de toda la trama con un ritmo endiablado, teniendo como punto de partida una melodía prodigiosa donde integra las distintas situaciones, pero que son percibidas como una sola entidad al equilibrar las distintas partes con un resultado simplemente perfecto y armonioso.


Ahora sí, empecemos por el principio (del libro), para poneros un poco el situación. 

Resulta que tras varios días con mareos y náuseas al levantarse, Marta Aguilera decide acudir a su médico de cabecera y trasladarle su malestar. Cuando empieza a enumerar los síntomas que viene soportando, el doctor encuentra algo que no le casa y decide remitirla a un especialista para que le realicen un TAC. Tras la prueba, realizada con urgencia, llega el fatal diagnóstico: tiene un tumor cerebral (en concreto, un glioblastoma multiforme de grado IV en estado avanzado), lo que traducido al lenguaje común significa que su esperanza de vida, a lo sumo, se reduce a un par de meses. Desde el estupor, Marta se deja aconsejar por el galeno y opta por un tratamiento a base antiepilépticos y corticoides (unos para evitar la aparición de crisis epilépticas y otros para reducir el edema cerebral), así como ayuda psicológica, porque la otra alternativa -quimio o radioterapia- puede empeorar su calidad de vida.

Y con ese panorama, mientras intenta asimilar la noticia, decide que, llegado el momento, se suicidará, pues no quiere sentir como se va deteriorando más y más. A fin de cuentas, vive sola, no tiene familia, ni arraigo, tan solo unas pocas amigas que no cree que la vayan a echar de menos y acaba de dejar a su novio. Solo tiene que encontrar la fórmula. En principio, empezará por dejar su trabajo, pues ya no tiene sentido y lo siguiente será gastarse todo su dinero: lo que tiene ahorrado y lo que pueda capitalizar. Para ello, recurre a la ayuda de un viejo amigo, Germán, que es consultor inmobiliario. Gracias a él conseguirá vender su vivienda en un tiempo récord, claro está que poniéndole un precio bastante apetitoso para cualquier comprador y alguna condición.

Entonces le surge el primer dilema que, imagino, brotaría en la conciencia de cualquiera que de golpe y porrazo se encontrase en la misma disyuntiva que ella: ¿qué ha hecho con su vida? ¿ha tenido algún sentido? Pero Marta no está para perder el tiempo y decide entonces que, a falta de justicia poética para lo suyo, acaba de encontrar un cometido por el que luchar y que va a emplear lo que le queda de vida en dejar este mundo mejor de como lo encontró y saldrá de él por la puerta grande, porque no teme las consecuencias. Y, de ese modo, se convertirá en una justiciera y, como tal, comenzará a repartir estopa allí donde la diosa de los ojos vendados no llega. A su manera y, sin pausa y con muchas prisas, tomará la iniciativa. 


Claro que, antes que nada y teniendo ya resuelta la cuestión económica, debe hacer acopio de recursos, empezando por los que le proporciona su profesión. Para ello, recurre a Elías Pardo, alias el Dos Napias, un confidente al que ha entrevistado en alguna ocasión como periodista de sucesos para proporcionarle información, ya que se dedica al tráfico de armas a pequeña escala. De hecho, el prenda trastea con pistolas nuevas -las menos- robadas en fábricas armas usadas procedentes de comisarias o almacenes de pruebas, aunque estas, como es natural, llevan asociados delitos de sangre. Suele parar en Los Mellizos, un bar situado en la colonia Marconi, en el barrio de Villaverde y es allí donde se dirige para comprarle una en principio, que después serán dos. Porque una justiciera, como comprenderéis, no solo tiene que serlo, sino parecerlo.

Y volverá a ser su profesión y algunos favores acumulados en la cuenta del "Debe" de alguno, lo que le posibilite el entrevistar a Jonás Bustos, un muchacho de veinticuatro años sospechoso de la violación y asesinato de una niña de siete. Aunque todo apunta a que es culpable, su abogado -y esos vericuetos que tiene la ley y que siempre parecen beneficiar a los mismos-, ha conseguido librarle de la prisión preventiva, a espera de juicio, mientras un clamor popular se desata en las inmediaciones del domicilio de la pequeña. Os pongo en antecedentes:

Alberto Abad supo que las cosas no iban bien en su casa cuando su mujer le llamó al trabajo, precisamente porque ella sabe que no puede molestarle por una nimiedad y mucho menos durante una reunión de trabajo, ya que en la fábrica se están haciendo ajustes y es mejor andar de perfil bajo. Por ello, cuando recibe la llamada, entra en pánico al saber que su hija, de tan solo siete años, ha desaparecido mientras jugaba en la calle. Y sale precipitado, como alma que lleva el diablo, hacia su domicilio en Alcorcón.

La noticia corre como la pólvora y cuando llega a su casa parece haber sido tomada por la policía y, en los alrededores, ya pululan unos cuantos periodistas ávidos de noticias. La niña tiene siete años y la carroña necesita carne fresca con la que abrir los noticiarios.


Y la sospecha se convierte en realidad cuando una pareja de deportistas hallan el cadáver de Lucía, que ha sido violada y estrangulada, en un pinar próximo a la carretera nacional II bastante alejado del domicilio de la niña.


El caso es asignado a la inspectora Daniela Gutierrez y todas las pistas apuntan a Jonás, pero Marta Aguilera decide aplicar la Ley del Talión.


En el caso de Cornel y Nicoleta la situación es distinta. La oportunidad llegó sin buscarla, inmediatamente después de lo sucedido con Jonás Bustos. Marta conoció a la rumana una noche, en los aledaños de la Gran Vía, de manera casual. Unos jóvenes intentaron atracar a la periodista, pero, con lo que no contaban, era con que ella les hiciera frente. No obstante, consiguieron herirla, pero la repentina aparición de la otra y su spray de pimienta fue provindencial. Después la llevó a su casa -vivía al lado- para curar sus heridas y entablaron una relación muy especial. Así es como Marta se enteró de que Nicoleta, a sus poco más de veinte años, era una prostituta experimentada sometida a los caprichos de un mafioso: Cornel. Y os puedo asegurar que conocer su historia es, cuanto menos, brutal de solemnidad. Por eso, cuando Marta decide tomar cartas en el asunto y aplicar la Ley del Talión, te dan ganas de aplaudir con las orejas. Y cuando deja una pista para que el caso también sea asignado a la inspectora Daniela Gutierrez, a pesar de haberse desarrollado en otra provincia, te das cuenta -si no lo has hecho en las primeras páginas-, de que te enfrentas a una protagonista de tronío.

Con Genaro y Eric la cosa es distinta. O quizás no. Pero sí, a qué engañarnos. Lo es en el sentido de que la historia se cocina a fuego lento; de hecho, Marta conoce a Eric cuando acaba de enterarse del mal que la aqueja y toma la determinación de dar un giro radical a su existencia. Además de renunciar a su empleo o vender su casa -como ya había comentado- también estaría el desvincularse de amigos, compañeros de trabajo y conocidos. Pues bien, es precisamente cuando invita a sus amigas a cenar con la excusa de que se va a tomar un año sabático e irse al extranjero para escribir un libro, cuando él aparece en escena. Eric es el camarero que las atiende. Días después, movida por un impulso, volverán a coincidir y Marta, casi por casualidad, se enterará de su drama. Una historia sórdida como pocas -y eso, teniendo en cuenta como han resultado ser las de Lucía y Nicoleta, es un plus-. Pero no por más escabrosa que resulte deja de ser fascinante, porque Santiago Díaz es capaz de crear un universo de personajes en torno a la figura de Genaro que te dejan para el arrastre mientras te pasea por las cloacas de la droga.


El último capítulo tiene como protagonistas a Amaya y Daniela. Sí, Daniela, la encargada de la investigación de los crímenes de Marta Aguilera, a la que la opinión pública ha bautizado desde el primer momento como "Talión" a falta de datos. La inspectora, a sus cincuenta y cuatro años y con más de treinta de servicio en la Brigada de Homicidios de la Policía Judicial, esconde un drama personal que ha marcado, como una condena encubierta, sus últimas dos décadas: veintidós años antes, mientras se encontraba con su familia en un centro comercial, ETA puso una bomba. Murieron su marido y su primogénito y tanto ella como el menor de sus hijos, de apenas un año, se salvaron. Desde ese momento se vió inmersa en una espiral de autodestrucción galopante. Al menos, eso sí, tuvo el buen criterio de poner al niño al cuidado de los abuelos, ya que apenas podía atenderlo y, entre copa y copa, su rabia se metabolizó en una sed inusitada de venganza hacia la responsable que había traído la desgracia a su casa. Amaya. Fue alimentando ese odio durante años, en secreto, hasta que casi le revienta en las manos cuando es su hijo, veintidós años después, quien quiere ocupar el puesto que su madre dejó vacío al ver que la culpable va a salir de prisión en breve.


La novela está narrada en primera persona por la protagonista y en tercera por un narrador omnisciente que, como tal, lo sabe todo de los personajes que aparecen en el relato y nos va detallando tanto las causas que les llevaron a ser como son como sus pensamientos más íntimos y su comportamiento posterior.

A través de Marta conoceremos aquellos aspectos de su vida que la marcaron, a su entorno familiar, a sus amistades o sus compañeros de trabajo. Desde su niñez hasta la actualidad. Veremos desfilar pasajes de su vida, escenas tremendas y otras triviales que nos ofrecerán la cara y la cruz de una mujer que aunque ni practica ni conoce la empatía, tiene un acusado sentido de la justicia. Y lo haremos en sentido inversamente proporcional a su existencia; es decir, desde el momento actual hasta aquellos días en que con tan solo cinco años su padre se marchó a la francesa, dejándola abandonada junto con su madre en la pequeña localidad donde nació.


Sin embargo, Talión no es simplemente una historia de venganzas, sino que el autor va mucho más allá y te involucra en la trama. A ti. ¡Tócate la peineta!. Es más, llega un momento en que te lo replanteas todo, incluso esa empatía primigenia que sientes por la protagonista y la cuestionarás, porque, a fin de cuentas, ¿quien es ella para decidir quien debe vivir o morir?. ¿No es acaso una asesina tan despiadada como esos verdugos a los que está convirtiendo en víctimas? Y todo se nos tambalea. Y la sensación es tremenda. Abrumadora. Y una gozada.  Porque es verdad que, a priori, a todos nos gustaría que este mundo estuviese más limpio y que hubiese un número proporcional de Martas Aguileras por metro cuadrado que se ocuparan de limpiar las calles de toda esa escoria humana a la que tantos derechos procesales asiste, mientras que las víctimas se quedan en el limbo de las injusticias, pero para eso debería estar la justicia y si lo que ocurre es que la leyes no funcionan, que las cambien.

Porque Marta no es un alma cándida. Eso lo tiene claro desde siempre. Y nosotros también. De hecho, es consciente de que es incapaz de sentir empatía por alguien, ni siquiera por su novio, al que acaba de dejar como se abandonan los zapatos viejos (Sabina dixit) o haber olvidado durante años a ese padre que la abandonó cuando tenía cinco años -lógico, por otro lado-. Si acaso, y digo solo si acaso, siente ternura, como la sintió en su día, por Dimas, un chico con síndrome de Down al que conoció en su infancia y del que se burlaban y humillaban los chicos del pueblo por ese motivo. De hecho, en un momento dado dice de él: «Es la única persona que conozco que todo lo hace con una sinceridad apabullante, sin resquicio de maldad», pero esto es una vez que recapitula sobre su vida y, quizás, esos accesos de ternura sean efectos colaterales de su enfermedad.

En fin, podría pasarme horas hablándote de esta novela, de su protagonista, del resto del elenco que la acompaña, pero... ¿no va siendo hora de que te pases por la librería y puedas disfrutarla tanto como yo?
 









¿Qué tiene Talión para que sea una novela fascinante? Todo y nada. Tiene unos personajes indelebles que difícilmente olvidarás; de hecho, estoy convencida de que a partir de ahora, para mí tomarme una revancha, si se da el caso, o una pequeña venganza, porque no me veo haciendo cosas extremas, ya que ni mi vida es tan compleja ni me da para tanto, será "hacerse un Aguilera" porque "talión" se ha convertido, para mí, en un sinónimo de su nombre. Pero repito, no es solo la protagonista, sino que el resto del elenco son impresionantes. Personajes de todo tipo, que te arañan el corazón en algunos casos, que aborreces hasta la saciedad en otros, sin ser arquetípicos. Porque todos tienen luces y sombras, pero un desarrollo espectacular.

Como trama, es exquisita, como todas las que llevan aparejadas una venganza, obvio. Pero hay formas y formas de venganzas, pero pocas en las que el autor consiga que te calces los zapatos de quien la lleva a cabo desde las primeras páginas para luego vapulearte continuamente a medida que el camino se hace más estrecho y que te haga dudar, que te haga cuestionártelo todo.

Y a esa trama hay que añadirle un ritmo endiablado, que te deja exhausto, porque todavía estás pensando en el lío del que acabas de salir, cuando ya estás en otro más complejo si cabe, que vale, que lo veías venir porque nada de lo que ocurre en esta historia es gratuito, porque cada detalle tiene su cometido, pero asimilarlo lleva su tiempo. Como lectora, ha sido una experiencia memorable. Adrenalina en estado puro. Por eso, cuando decía que la novela era fascinante por todo y por nada, era precisamente porque tiene todos los ingredientes necesarios que ha de tener una buena novela y nada en cuanto a trampas. Sí, trampas, esas cosillas que pasan en muchas novelas para que a un protagonista todo le venga rodado. De hecho, hubo un momento en que pensé que todo lo acaecido se podía enderezar y lo pasé mal, porque como me diesen un final feliz, el mosqueo hubiese sido supino, más allá de lo bien que me lo hubiese pasado, pero no. La novela tiene un desenlace de esos a los que solo le faltan los fuegos artificiales, los reales, saliendo de la última página, sí, pero también os digo que he visto tracas auténticas en las que han gastado menos pólvora que la que maneja Santiago Díaz para ponerle el broche a Talión para hacerlo glorioso.